(ARGENTINA).- “¡Hacelo y me muero!”, gritó Atilio “Lito” Costa Febre al relatar el gol de Ariel Ortega. River Plate goleó 5-0 a San Lorenzo el 5 de noviembre de 2006, en el Monumental, y el jujeño convirtió una vaselina en su primera presentación oficial tras regresar al club.
El regreso de Ariel Ortega a River, en agosto de 2006, generó gran expectativa entre los hinchas. En 2004 había sido campeón con Newell’s.
El redebut oficial de Ortega se demoró durante meses por cuestiones de habilitación internacional y por el comienzo de su tratamiento personal por adicciones. Ante San Lorenzo, integró el banco de suplentes del equipo dirigido por Daniel Passarella y tuvo su primera presentación oficial de ese ciclo.
River construyó una ventaja de 3-0 en el inicio del encuentro: Víctor Zapata anotó dos goles y Ernesto Farías convirtió el otro. El equipo de Passarella tomó el control de un partido que se jugó bajo una lluvia torrencial.
Cuando River ganaba 2-0, Juan Pablo Carrizo le atajó un penal a Sebastián Saja, arquero de San Lorenzo. La intervención evitó que el rival descontara en ese momento.
La vaselina llegó a los 33 minutos
A los 33 minutos del complemento, Ariel Ortega tomó una pelota suelta cerca de tres cuartos de cancha por la derecha y avanzó con un defensor encima. Al advertir que Saja estaba adelantado, tocó la pelota con la punta del pie derecho por arriba del arquero y marcó el 4-0 transitorio. Habían pasado 11 minutos desde su ingreso en el segundo tiempo.
“Ortega que la adelanta… enganchó Ortega… ¡Hacelo y me muero! ¡Hacelo y me muero! ¡Hacelo y me muero! ¡¡¡Goooool!!! ¡¡¡Golazo!!! ¡¡¡Golazo!!! ¡¡¡Ariel, Ariel, Ariel, Ortega!!! ¡Qué viva el fútbol! ¡Qué viva Ortega! ¡La tiró por arriba! ¡Este gol no merece mi grito, merece el grito de la gente! ¡Ariel, te quiero hasta el final de nuestras vidas!”, relató Atilio “Lito” Costa Febre. La transmisión se convirtió en una de las narraciones más emotivas de la radio deportiva.
Minutos después, Ernesto Farías convirtió el quinto gol y selló el 5-0 definitivo. Años más tarde, Ortega contó que cada vez que escuchaba el relato de Costa Febre se le caían las lágrimas.
