El presente de Marcelo Gallardo en River atraviesa uno de sus momentos más delicados desde que el entrenador dirige el plantel profesional. Tras una seguidilla de malos resultados y un rendimiento que no aparece, el entrenador quedó expuesto como nunca antes. En Núñez ya no se discute solo el juego: se habla de continuidad, de desgaste y hasta de posibles reemplazantes. Un escenario impensado tiempo atrás, pero hoy instalado.
La crisis en el Millonario ya empieza a mostrarse como una estructural. El equipo no responde, los cambios no modifican la dinámica y la sensación de confusión se repite partido a partido. El Muñeco, símbolo y sostén del proyecto durante años, hoy carga con la responsabilidad total. La exigencia histórica del club (y de su propio primer ciclo al mando) y la impaciencia del contexto hacen que cada derrota tenga un impacto multiplicado. Por eso, el debate ya no es táctico: es político y emocional.
En Boca, la situación de Claudio Úbeda también es incómoda, pero no terminal. El equipo juega mal por momentos, perdió partidos importantes en condición de visitante y genera dudas, pero el clima es otro. No hay rumores de salida inmediata ni nombres circulando como reemplazos. El rival de toda la vida todavía cree que el problema es corregible.
La diferencia clave está en el respaldo y en el punto de partida. Úbeda conduce un equipo que todavía está en construcción, con falencias visibles pero con margen para ajustar, y con un objetivo sólido: el debut en la Copa Libertadores. Gallardo, en cambio, lidera un River que parece haber perdido identidad. Uno está cuestionado; el otro, directamente, discutido. Y en el fútbol argentino, esa distancia es enorme.
La crisis de Marcelo Gallardo y el espejo con Úbeda: presión similar, consecuencias distintas
Ambos técnicos están bajo la lupa. La diferencia es que en River se habla de final de ciclo, mientras en Boca todavía se piensa en cómo enderezarlo.


