El ciclo de Marcelo Gallardo atraviesa uno de sus momentos más frágiles, dejando en el pasado lo que supo ser y la gloria que consiguió en su primera etapa en el club. La derrota reciente no hizo más que profundizar un desgaste que ya venía en aumento. Puertas adentro en River, el crédito simbólico empieza a agotarse y, por primera vez en mucho tiempo, el debate dejó de ser únicamente futbolístico.
El Muñeco ya no es discutido por los hinchas solo por el rendimiento del equipo, sino por la falta de reacción. Los cambios no modifican la historia, las decisiones no generan impacto y el equipo parece caminar sin rumbo claro. En ese escenario, la figura del entrenador queda inevitablemente expuesta, incluso para un técnico con espalda y títulos, siendo un protagonista que llegó a vencer al clásico rival en una final de Copa Libertadores.
Pero el foco no se detiene ahí. La dirigencia también empieza a quedar señalada. La ausencia de respaldos públicos firmes, la falta de decisiones contundentes y la sensación de improvisación agravan el clima. Cuando el liderazgo deportivo se debilita y el institucional no aparece, la crisis se vuelve integral. Incluso, se llegaron a suponer posibles nombres de reemplazantes para Napoleón.
En Boca, el momento es delicado pero distinto. La conducción del club sostiene al cuerpo técnico y transmite calma hacia afuera. Pese al mal momento del equipo, todavía no hay rumores de salidas ni mensajes contradictorios. Esa firmeza institucional permite atravesar el mal momento sin que se transforme en crisis total, algo que River hoy no logra evitar.
El peso del clima interno en River y Boca: el peso de gobernar en la tormenta
River discute a Gallardo y empieza a discutir a sus dirigentes. Boca, con problemas similares, muestra una estructura que contiene. Todavía no tienen la sensación de querer “empezar de cero” ante una crisis futbolística. En el fútbol argentino, esa diferencia es decisiva.


